Las Cicatrices siguen doliendo

El 26 de junio se proclamó como el “Día Internacional en Apoyo de las Víctimas de la Tortura”  conmemorado la entrada en vigor de la Convención de las Naciones Unidas contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes del año 1987.

El objetivo es reflexionar para tomar acciones concretas que protejan los derechos de las personas y familiares que fueron víctimas de tortura; además de encarar políticas públicas para la prevención contra la tortura y otros tratos o penas crueles y degradantes que atenten contra las personas.

Pero, ¿qué entendemos por tortura?

Nos referimos con el término “tortura” a todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación (1).

La tortura es la forma de violencia organizada más cruel, que busca propiciar la destrucción psicológica de un individuo. Matando la mente sin destruir el cuerpo. Se trata de situaciones emocionalmente traumáticas responsables de trastornos mentales y secuelas físicas de distinta índole, donde muchas de estas tardan años en manifestarse, dejando secuelas irreversibles que llegan a generar un importante deterioro en el desarrollo del mundo de la vida de la víctima.

Un millón de cicatrices 

Por un lado, las reacciones psicológicas inmediatas que se pueden manifestar van desde un miedo intenso acompañado de reacciones de sobresalto, aumento de la agudeza auditiva, alteraciones del ciclo del sueño hasta trastornos disociativos, reacciones de despersonalización y desrealización. A su vez , el intenso terror y el pánico pueden conducir a intentos de suicidio. 

Por otro lado, como se ha mencionado,  es común encontrar reacciones psicológicas tardías que, por lo general, se desarrollan en un Trastorno por Estrés Postraumático.

La reexperimentación persistente de los acontecimientos y recuerdos, la evasión de estímulos o situaciones que reactiven el recuerdo del trauma, estado de irritabilidad, entre otras son posibles manifestaciones de este trastorno. Así, también se deben tener en cuenta posibles estados de depresión, dificultades de adaptación en la cotidianeidad, trastornos de personalidad, ansiedad y abuso de sustancias (2).

Daño Colateral: La desaparición como consecuencia de tortura para familiares de víctimas

El Terrorismo de Estado implantado en Argentina entre los años 1976 y 1983 se caracterizó por el abuso de poder que ocasionó muertes, secuestros, torturas y la desaparición de miles de personas. No obstante, al igual que la Alemania Nazi, también se caracterizó según cómo define Primo Levi: “En un Estado autoritario se considera lícito alterar la verdad, reescribir la historia, distorsionar las noticias, suprimir las verdades, agregar falsedades: la propaganda sustituye a la información”.

De esta manera, durante la última dictadura fue “por algo será”, “algo habrán hecho” “de eso no se habla”, proposiciones que, funcionando como velo del hecho traumático, después darían lugar a “yo no sabía nada”, “qué terrible, qué horror”. Y, más tarde, “ahora hay que olvidar, mirar para el futuro”

Así, se iba legitimando, en el plano social y cultural, un accionar ilegal, un genocidio que apuntaba al control social colocando la figura de la desaparición como estrategia por excelencia para lograr ese objetivo. 

En suma, el terrorismo de Estado instituyó como metodología por excelencia la desaparición, donde paradójicamente se encontraba  ese del que nadie tenía información, que nadie sabía dónde estaba, ese que no tenía identidad y fue despojado de su nombre en vida, a la que Osvaldo Bayer (3) definió como “ La muerte argentina”. Esa muerte argentina se expresó en la  torturante incertidumbre que rodeaba a las familias afectadas  y, en consecuencia, a la sociedad toda. 

La desaparición se prolonga en el tiempo, se vuelve imprescriptible. Un duelo sin fecha de vencimiento como consecuencia de una muerte negada, como encerrados en un limbo que no tiene fin: ¿Y si vuelve? ¿Quizás le lavaron el cerebro o perdió la memoria y anda por allí?. De esta forma nos encontramos con un duelo que tortura, que está latente y necesita respuestas factibles, algo que permita responder a la incertidumbre. 

No obstante, diferentes actos simbólicos se han ido construyendo a lo largo de los años  para restituir ese nombre a los desaparecidos. Uno de ellos es, al finalizar los actos de homenaje, nombrar a la persona recordada seguido del grito de “¡presente!¡ahora y siempre!”. Así como también diversas formas de escritura e inscripción del nombre de los desaparecidos en escuelas, calles, plazas, árboles, baldosas, restituyen ese nombre ausente, buscando dar respuestas a esas preguntas, resignificando la rabia y tratando de dar vida donde la idea de muerte se vuelve incierta. 

Emmanuel E. Ludueña. Licenciado en Comunicación Social.

Universidad Nacional de Córdoba. 

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