Interculturalidad y salud: una alianza necesaria

Respecto a esta efeméride hablamos con Sandro Rodríguez perteneciente al pueblo Diaguita, médico egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Córdoba. Actualmente además de desempeñarse como docente, es parte del cuerpo académico de la Diplomatura en Salud e Interculturalidad en la Facultad de Ciencias Médicas de la UNC. Sandro explica que este día pasa a integrar las políticas de multiculturalismo en el cual se reconoce –porque ya es imposible no reconocer- que hay pueblos indígenas que estuvieron presentes antes de la formación de los Estados, durante la formación de los Estados y que siguen presentes conservando sus patrones culturales. Estos pueblos tienen una cultura viva activa que se va adecuando en el tiempo. 

¿Por qué es importante una mirada intercultural de la salud?

Me parece importante tener una interculturalidad en salud, uno porque es un derecho: nuestro país adhiere a legislaciones y normativas internacionales, inclusive en la misma constitución se habla del reconocimiento de la preexistencia de los pueblos indígenas. El Estado se compromete a acompañarlos, a respetarles su territorio, a propiciar su desarrollo, a propiciar la salud de estos pueblos; inclusive en esa legislación se habla de incorporar las trayectorias de salud de esos pueblos y sus saberes. La OPS dice sobre esto también de incorporar estos conocimientos de la medicina del pueblo indígena a las políticas públicas de salud. 

En nuestro territorio, en nuestro país, no hay una práctica o una mirada intercultural en la salud. Si entendemos que interculturalidad justamente es una relación horizontal, en igualdad de condiciones de conocimientos, de prácticas, de saberes en medicina. Que pueden dialogar, que pueden enriquecerse, que pueden convivir. Esto no existe en nuestro territorio. De hecho, hay una sola medicina reconocida por los Estados, y por el Estado nuestro que está legitimada o legalizada y es la que aprendemos en las universidades que tiene una formación biomédica y que es esta mirada biomédica de la salud. Es la que después se ejecuta o la que domina las prácticas médicas y que trasciende también a las políticas del Estado. Entonces se constituye como hegemónica en relación a otros saberes, a otras prácticas que son hoy vigentes en nuestro territorio. Y son vigentes porque tienen utilidad, son medicinas que cumplen con las expectativas. Porque si las prácticas no fueran efectivas hubiesen desaparecido… 

¿De qué manera podrían incorporarse estas prácticas?

La medicina académica o autodenominada científica occidental que le llamamos, o convencional también, es una construcción cultural. Se para sobre supuestos culturales, es una manera de entender el mundo, una episteme. Una manera de entender la enfermedad, la salud, sus alcances. Y también necesita una estructura para ser efectiva, para poder desarrollarse. 

Nosotros en el medio rural o en medio de una comunidad indígena, por ejemplo, en la selva en Misiones, o en los Andes uno como médico en realidad necesita, por nuestra formación,  métodos diagnósticos que si no están no podemos ejercer nuestra medicina biomédica. Si no tenés un tomógrafo, un ecógrafo o un laboratorio cerca hay muchas de nuestras prácticas que no podemos ejecutar con eficiencia. O sea que también hay que pensar a las diversidades no solo  en el derecho de los pueblos, sino en la capacidad de poder llegar, de poder enriquecer las prácticas, de poder hacer algunos aprendizajes. Enriquecer nuestra propuesta terapéutica, sino también como son las medicinas que funcionan y que operan los territorios esas en los que viven las comunidades, que a parte no solamente operan en ese lugar y toma sus recursos en esos lugares.  Eso es que una mirada del mundo o cosmovisión u ontología que encierra en sí misma una comprensión de ese mundo, y cuando hablamos de comprensión de ese mundo, la forma de relacionarnos con ese mundo determina de alguna manera nuestro ser-estar como occidentales por ejemplo. 

Así como se deberían adaptar las formas de diagnóstico o las técnicas utilizadas, ¿creés que también debería adaptarse la concepción occidental de salud/enfermedad? 

Nosotros tenemos una cultura antropocentrista, patriarcal, androcentrista, y eso delimita nuestra forma de relacionarnos con lo que llamamos naturaleza. Lo mismo en los pueblos: los pueblos indígenas en su mayoría están centrados en la vida, no son antropocentristas, hay una relación con eso que nosotros llamamos naturaleza que de algún modo también delimita estos equilibrios/desequilibrios que producen la enfermedad. 

Podemos decir que la salud es casi como el equilibrio pero la diferencia entre, por ejemplo, la medicina occidental o la construcción occidental de salud y la concepción Andina es que ese equilibrio se materializa o se realiza a partir de equilibrar o armonizar elementos distintos. Pensemos que en una cultura antropocéntrica el equilibrio tiene un orden distinto de una cultura que está centrada en la vida en la cual lo humano y lo no humano tiene alma y se relacionan y se afectan y también esto puede causar armonía o enfermedad entonces tenemos lo que llamamos enfermedad propia de la cultura o síndrome culturalmente delimitado. Nuestras entidades gnoseológicas o que llamamos enfermedades devienen de ese modo de entender al mundo, de entender al equilibrio o de romper esos equilibrios que serían la enfermedad. Nosotros por ejemplo en el norte o en la cultura Andina tenemos identidades como el susto, el Ajayu, que tiene que ver con un desequilibrio en energía o en el alma. En las ciudades tenemos lo que llamamos el estrés o el distrés crónico que nos genera enfermedades. Este distrés que es propio de la vida urbana, citadina, moderna yo no la puedo explicar en una comunidad Andina, no la van a entender. Como al Ajayu o el susto en el cual un evento puede resultar en la pérdida o la alteración del alma de la persona. Yo cuando intento explicar el estrés en las comunidades a mi me cuesta porque responde a un patrón cultural distinto. Eso es otra cosa por la cual me parece importante entender esto de diversidad cultural.

Este año, como parte de la conmemoración, se organizará un evento virtual que reunirá a organizaciones de pueblos indígenas, agencias de las Naciones Unidas, Estados Miembros, sociedad civil y partes interesadas relevantes. El tema de este año se centrará en el “COVID-19 y la resistencia de los pueblos indígenas” (1) y si bien en el comunicado oficial se muestra preocupación sobre las condiciones de vida y salud que viven los pueblos y cómo pueden afectar estas prácticas propias a la transmisión de Coronavirus, se sigue buscando que las comunidades se adapten a los modos tradicionales occidentales, y no al revés.

El conocimiento técnico que adquirimos (los médicos) en la universidad es la de salud y enfermedad,  y no la del contexto sociocultural de la población indígena y de sus dietas, su forma de entender la alimentación. Generalmente el personal de salud que trabaja en el área indígena -que no solamente son las rurales- o desde el interior sino acá en la misma Córdoba o en la ciudades mas metropolitanas donde hay migrantes, desconocen los conceptos de salud y de enfermedad que tienen esos pueblos y cuáles son las prácticas también de atención que tienen ellos. En muchos casos, aun desconociendo, hay un trato peyorativo, descalificativo de estas prácticas populares y de atención de la salud y de la enfermedad. También esto genera una falta de comunicación, una falta de empatía, de confianza que hace imposible la relación médico-paciente como una alianza terapéutica.

A veces en los sistemas de salud se observan estas realidades que funcionan como barreras de acceso al mismo sistema de salud. La discriminación, el maltrato, que son cotidianos en las prácticas médicas, en nuestra Córdoba por ejemplo. 

Entonces ¿una buena comunicación es fundamental para lograr una verdadera interculturalidad?

Es importante en la comunicación democratizar la palabra, descolonizar la comunicación. Siempre se habla en todos estos ámbitos por el otro, no dejar que los actores hablen de sus realidades. Es importante conocer la realidad de esos actores, porque a veces uno supone de buen modo alguna necesidad o alguna estructura de pensamiento y está bueno no repetir esa forma. 

Hay que cambiar la forma de trabajar desde esos territorios. Poder aprender y aprehenderse también, porque creo que la comunicación tiene ese objetivo. El encuentro con el otro pone en tensión todo lo que uno trae, mi estructura, mis prejuicios. El encuentro con el otro es un encuentro con uno mismo. 

La comunicación es clave para ser efectivos en nuestro trabajo como médicos, para enriquecernos como profesionales; es clave para ser efectivos, para tener una buena relación médico-paciente que asegura varias cosas. Primero, una buena relación asegura que vas a poder entender la realidad de esa persona, de ese paciente. Vas a poder contextualizar su problema, más allá del síntoma. Después va a garantizar de cierta forma una adherencia terapéutica, porque el paciente cuando se siente contenido, escuchado, obedece a lo que el médico propone porque es su derecho saber y entender, por más que no hable tu misma lengua. Es su cuerpo y él va a hacer su proceso de curación y nosotros acompañamos nada más como médicos. No sanamos o curamos, sino acompañamos. Es un derecho que ellos entiendan qué estamos haciendo nosotros o para qué toman la medicación y esa claridad, al entenderla, ellos se hacen protagonistas de su propia salud, de su propio proceso salud/enfermedad. Y por todo esto se asegura el éxito terapéutico. Entonces una buena comunicación es clave.

¿Crees que hoy se están generando las vías o canales de comunicación para que esto ocurra a nivel institucional por ejemplo?

La antropología ha avanzado en ciertas áreas de salud. Nosotros en Córdoba tenemos una diplomatura en Diversidad Cultural y Salud que está en la Universidad Nacional de Córdoba en convenio con el Ministerio de Salud de la Provincia. Nosotros hemos tenido que ver en la formación de esa diplomatura. Yo soy docente y he enseñado en el círculo de esa diplomatura y estamos muy contentos. Es una muestra de que hay un interés y hay un crecimiento en estos aprendizajes. Igual yo pienso que lo ideal sería incorporar las prácticas médicas a los efectores reales porque hay como una formación distinta. Nosotros elegimos hacer medicina como alguien que elige hacer ingeniería o arte, es una profesión, una carrera universitaria de cinco años y con especialización un poco más. Pero en las comunidades indígenas hay otras formas de elegir quién va a ser el médico, hay características propias. Dones que tiene la persona de curar, de familias de curadores. Se forman desde niños, no desde terminado el secundario que elegimos una carrera, sino en la formación continua permanente desde niños, de esa persona que va a ser encargada de la salud de las comunidades. Son distintas estas formaciones y estas instancias de aprendizaje. A mí me parece que para que no suene una apropiación de conocimiento de las comunidades -porque esto es importante de las universidades- que sean ellos mismos quienes puedan beneficiarse de la transmisión de estos conocimientos, que sean ellos mismos quienes puedan contarnos de qué se trata y no nosotros, otra vez como intermediarios entre las comunidades y la ciencia.

De la efeméride a la práctica: ¿Sus retos son nuestros retos?

Simplemente tratando de pensar que la medicina es una ciencia social y, como tal, es humana. Que estos datos de las diversidades que pueden enriquecer nuestra práctica médica o al menos tener en cuenta el respeto hacia esos conocimientos pueden asegurarnos una mejor relación médico-paciente, o una mejor alianza terapéutica y confianza. También mínimamente ser más efectivos en nuestra práctica y pensar las universidades paradas en América en este territorio, donde hay conocimientos, donde hay medicina que pueden enriquecer y potenciar nuestras propuestas terapéuticas.

Florencia Bejarano Biglia. Licenciada en Comunicación Social

Universidad Nacional de Córdoba.

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