Amor de un día

En esa casa yo viví hasta los cinco años. Todavía conserva la calidez que te sube de los pies a la cabeza cuando cruzás la puerta de rejas y te saludan las rosas, la flor de pájaro y el sol que baja en diagonal, como las persianas verdes. Pero hace un tiempo ya, que entrar a la casa de la “abue” se volvió un desafío silencioso; un desafío que se atraviesa tragando saliva y cargando grandes bolsas de supermercado, repletas de otras bolsas más chiquitas (o así las imagino yo). Digo que se volvió un desafío que te obliga a tragar saliva porque, hace aproximadamente diez años, que nunca se sabe cuándo la mirada de mi abuela te encontrará y te recorrerá como se recorre un objeto del cual se desprenden recuerdos, y cuando te recorrerá como recorren los ojos por primera vez un objeto que nunca antes vio. O que al menos así lo cree ahora su cerebro.

Bueno, el sábado pasado, mi abuela no me reconoció. El Alzheimer avanza en paralelo al Covid-19 en el mundo. Entré junto a mi viejo, cargados de bolsas con comida y artículos de limpieza que las enfermeras que viven con ella nos piden en sinuosas listas por WhatsApp. Todo se trata de vernos cada vez menos, por las dudas. Y allí en la cocina estaba sentada de espalda ella, la mujer de colores tostados de pie a cabeza, volviéndose cada vez más minúscula en su silla.

Dejé las bolsas en el piso. Me paré, enfrente, pero a un metro de distancia. Ni siquiera levantó la cabeza para mirarme. Siguió recorriendo con su dedo índice derecho las hojas de una revista vieja de vestidos de novia. “Hola”- le dije – mientras mi cara se ocultaba detrás de un barbijo negro que deja aflorar mis ojos moros, descendientes de mi otra abuela, a la que aún no he podido ir a ver desde que empezó la cuarentena. Sus ojos se detuvieron en los míos, con total desconocimiento, pero además, con un violento enojo que venía desde lo más profundo de su alma. “¿Sabe quién es ella, doña Delia? Es Agustina, su nieta”- le decía Mónica. Pero mi abuela siguió con sus ojos desganados sobre la revista, la mano sobre su frente y el ceño fruncido. 

No sabía quién era yo. Y, peor aún, tampoco le interesaba averiguarlo.

Respiré profundo. Decidí rociarme con alcohol y agua. Y me senté a su lado. Simplemente la miraba hojear en silencio una revista que a veces mira con los ojos cerrados (si eso es posible). “Soy Agustina, tu nieta más chiquita, la hija de Pancho… ¿te acordás?”, y sus ojos me recorrían hasta el fondo de mis pupilas para ver si encontraba esa respuesta a mi interrogante. Y miró para abajo. Otra vez. 

Tragué saliva y le pregunté cómo estaba. Me dijo: “Mal”. Pero elogió mi pulóver gris de lana de llama. Aproveché el contacto y le dije que le regalaría uno. “¿Para qué? No tiene sentido, no lo voy a usar” -dijo- y detrás de ese enojo pude visualizar tristeza.

“¿Estás triste?”- le pregunté- y respondió con los ojos llenos de lágrimas gordas y frondosas: “Sí, ¡pero no sé por qué! ¿Por qué estoy triste?”… y su pregunta desesperada atravesó el aire, el tiempo, y mi corazón. 

Pensé en explicarle por vigésima vez que hay un virus que azota el mundo. Intenté articular las ausencias con el resguardo que el gobierno nos pide. Retraté en mi cabeza un montón de respuestas pero decidí callarme. ¿Para qué explicarle? No lo supe hacer. Quise decirle: “Estás triste porque hace mucho tiempo no nos juntamos todos alrededor de tu mesa, el tío Daniel vive en Buenos Aires y la Tía Marcela no puede venir desde Córdoba capital…” pero, entonces, la escena me devolvió a la realidad. Mónica fue hasta el living a buscar un portarretratos que tiene una foto en la cual salen mis tíos y ella, parados los cuatro detrás de una torta repleta de crema en tonos marrones, y un gigante y violeta número 90 repleto de brillitos. En esa foto –que tiene una nitidez impresionante- todos salen sonrientes y calentitos. Algo colorados. Supongo que el calefactor ese día estaba a todo lo que daba. Después de todo, mi abuela cumple años el 27 de julio. Día frío, siempre.

Mi viejo se sentó esperanzado en la punta de la mesa para ver si mi abuela reconocía esas caras rosadas y brillantes. Ella observó la foto un buen rato. La sostuvo en sus manos. Y cuando abrió su boca para elevar un comentario, éste fue: “Qué lindo cuadrito este, ¿dónde lo compraron?”.

Miré de reojo a mi viejo que escondía un manantial de lágrimas detrás de su celular. Miré a Mónica como diciendo que dejáramos de intentar hacerla recordar algo que ya no está. ¿Estarán esos recuerdos alojados en algún rincón de su memoria? 

Volvió a elogiarme mi pulóver. Aposté nuevamente a que sería el disparador ideal para hacer de este sweater, un ovillo de lana que nos permitiera tejer una conversación más o menos coherente. Yo había leído en artículos de Google sobre el Alzheimer, y había visto en la película “Siempre Alice”, que no hay que forzar a quienes padecen esta enfermedad a recordar cosas, y, en cambio, es mejor hablar de cosas momentáneas, es mejor hablar en tiempo presente.

Así que nos pusimos a analizar un saco de lana que ella tiene hace muchos años. Y me explicó una y otra vez cómo se tejía ese punto. Y cómo se acomodaba el papel manteca para tejer o bordar encima algún diseño. Y una y otra vez repetía que estaba muy bien hecho, pero no tan lindo como mi pulóver. Y yo una y otra vez le decía que ya le regalaría uno como el mío, en tonos marrones.

Mi abuela recorría el diseño de flores bordadas de su saco de lana con el dedo índice derecho, con el que antes recorría una revista añejada. Y yo sentía que en ese recorrido, dibujaba un ancla en el ahora. Y mientras su dedo garabateaba los círculos de hilo, yo me imaginaba que así estamos todos, navegando en un bote de olas en presente continuo.

Paré su ritmo agarrándole la mano. Recordé que alguien me había dicho que el tacto era fundamental para los viejitos:

 -“Tenés las manos frías”- le dije.

 -“Amor de un día”- respondió.

Y sonreímos con complicidad. Por primera vez en ese mediodía soleado, me pareció tener a mi abuela de vuelta conmigo.

Pero yo sabía que no sabía mi nombre. Ni mi edad. Ni quién era yo. Y también sabía que no sabía por qué estaba tan triste. Ni mucho menos por qué de golpe se sentía un poco más animada al estar con nosotros. 

“¿Te puedo regalar un pulóver como el mío?” –Pregunté por última vez- y me dijo con la cara llena de alegría que sí, y que lo usaría para salir. 

Mi viejo se sentía demasiado triste como para seguir prolongando la visita. Y en la consciencia también sabíamos que no debíamos estar mucho tiempo más ahí. Después de todo, recién volvíamos del supermercado, y de la verdulería, y no hay alcohol con agua capaz de proteger a los viejitos si el virus quiere quedarse a vivir con ellos.

Mi abuela devolvió los ojos a la revista de vestidos de novia y dijo: “Si me vuelvo a casar, será sin vestido”. Y yo me reí y también lloré por dentro. Y en el fondo me acordé que quizás de allí provengan mis ganas de casarme de smoking, si es que alguna vez lo hago.

Me paré y le envolví las manos con las mías una vez más. Y le toqué el pelo color bronce mientras apoyaba su cabeza en mi pecho. No sé qué le dije. Algo de que está muy linda, y que se porte bien. 

Mónica nos dio las bolsas de tela desocupadas. Ya habían sido vaciadas de las otras bolsas que llevaban dentro. 

Y yo me fui pensando que quizás la memoria sea una gran bolsa cargada con bolsas más pequeñas, en formas de recuerdos. Y quizás no exista manera de volver a llenar las de mi abuela. 

Pero quizás, también, el corazón maneje otro lenguaje. Ese en forma de ovillos de lanas o papel manteca, que inundaron mi infancia en cada rincón de esa casa.

Después de todo, mi abuela, una mujer que usa pantalones, me enseñó a tejer cuadraditos cuando era chica. Y tal vez yo ahora, intente enseñarle a tejer pedacitos de momentos que nos mantengan calentitos en este gran presente continuo.

Agustina Sosa. Escritora invitada.

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